El exceso de información, lejos de ser una ayuda, nos convierte en nuevos ignorantes. Es tal la cantidad de datos que recoge nuestro cerebro al día, que termina por colapsarse sin que nos demos cuenta. Al fin y al cabo estamos dentro de la olla que hierve.
Cada uno de nosotros produce aproximadamente 6 Gigabytes de datos por hora, lo cual suponen 50 Exabytes por hora en el mundo.
Las máquinas a través de procesos complejos son capaces de analizar estos datos y mostrarlos de forma sencilla para que muestren información. Pero es tal el volumen que sólo el procesamiento de datos a través de la informática y los automatismos que ofrece hoy en día la Inteligencia Artificial (IA) es capaz de hacerlo. Lo que nosotros recibimos es sólo el producto final.
A pesar de ello, recibimos millones de mensajes procesados al día y nuestro cerebro no tiene la capacidad real para gestionarlos.
Como consecuencia, nos encontramos ante un sistema que produce un nuevo tipo de ignorancia. Es una ignorancia inducida, provocado por el mero hecho de ser un humano.
No podemos decidir con tanta premura si la información que nos ha llegado es real, sesgada o incluso falsa, produciendo un efecto “ignorancia” al darla por cierta una vez recibida.
Por otra parte, esta imposibilidad de procesar la información, también tiene un impacto significativo en nuestra salud mental. Ansiedad, estrés, trastornos del sueño y fatiga mental afectan a nuestra vida diaria y son cada vez más comunes en la población.
Una forma de mejorar esto sería cambiando la forma de trabajar de las plataformas digitales, de manera que sean capaces de filtrar la información, pero parece difícil que eso ocurra habida cuenta de que para ellos tenerte conectados el mayor tiempo posible es su objetivo comercial.
La IA podría ayudarnos a mejorar el flujo de información y filtrar fácilmente lo que no nos interese para no sobrecargarnos. El problema está en que las mismas empresas que desarrollan la IA tienen un conflicto de intereses al ser las mismas que se favorecen de éste problema.
No sabemos si el efecto es el deseado por las autoridades, entidades comerciales, gobiernos o es sólo casualidad. Lo que sí sabemos que es que una población que no sabe distinguir la información, es manipulable, porque decide sólo según su criterio u opinión, sesgando así cualquier atisbo de crítica.
