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Agujeros en el cerebro
  • Autor de la entrada:Godofredo Jiménez
  • Categoría de la entrada:Barreras digitales
  • Comentarios de la entrada:Sin comentarios

En los años 80, llegaba del colegio con mi cartera, que siempre olía a una mezcla de plátano y al bocadillo del día para el recreo. Mi única preocupación al llegar a casa era qué había de comer y que aún quedaban casi tres horas para que emitieran SuperRatón en la televisión.

En mi cabeza aún estaban frescas las clases que había recibido y me resultaba relativamente sencillo ponerme a hacer los deberes que me habían asignado ese mismo día. Mi mente procesaba lentamente las pocas tareas cotidianas: los deberes del colegio, ver los dibujos animados o salir a jugar al baloncesto o a las canicas. Un adolescente de esa época podía retener con facilidad, en la mayoría de los casos, las ideas que los profesores nos iban explicando e ir avanzando en su formación.

Hoy, el adolescente tiene un cerebro lleno de “agujeros”. Es absolutamente imposible que un niño o niña que utiliza el móvil durante más de cinco horas al día pueda retener, siquiera en parte, lo impartido en clase. Su cerebro está inundado de mensajes de WhatsApp, vídeos de TikTok, notificaciones inútiles y un sinfín de estímulos que reclaman su atención inmediata; a eso es a lo que llamo agujeros.

He impartido clase durante 15 años viendo cómo alumnos que aparentemente no son buenos en lo académico, tras una explicación, son capaces de realizar 10 o 12 ejercicios perfectamente ante su propio asombro, aumentando su autoestima al darse cuenta de que son tan capaces como cualquiera. Sin embargo, todo ese conocimiento desaparece como el agua de una fuente al día siguiente o pasadas unas pocas horas. Los agujeros de su cerebro vuelven a hacer su trabajo, arrinconando ese aprendizaje en favor de cientos de memes, vídeos absurdos, mensajes vacíos o de deslizar la pantalla de arriba abajo y de abajo arriba en un continuo gesto de lo más estúpido.

Si no queremos que nuestros hijos terminen con un cerebro saturado, no nos va a quedar más remedio que ser «los peores padres del mundo» y restringir el uso del móvil hasta que la presión social resulte insostenible. Si la vida sigue su curso como siempre, ellos lo valorarán cuando sean adultos. No es nada nuevo.

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